Siobhan llegó a las puertas del edificio gris arrastrada de un brazo por su madre. Ya no le quedaban más lágrimas y tenía los oídos entumecidos de tanto insulto. Thomas era un buen muchacho. Ella tenía la certeza de que la amaba, aunque su madre dijera lo contrario. En su puritano hogar nunca oyó hablar de sexo. Ignoraba lo que él hacía con su cuerpo aquella tarde en la habitación y mucho menos imaginó las consecuencias. Ahora era una sucia, estaba manchada; un despojo que no servía para nada fuera de la calle. Nadie se casaría con ella. Fueron los estigmas que sus padres y hermanos mayores le endilgaron.
Desconocía a qué venían o qué iban a hacerle en ese lugar. Su vientre empezaba a abultarse. Escuchó a la familia decir que debían sacarla de casa antes de que fuera demasiado tarde. Se crio bajo la tutela de dos seres tan rígidamente católicos que parecían un sacerdote y una monja unidos por error. Sus padres solo daban órdenes, normas de conducta y deberes. Ante cualquier deseo, la respuesta era siempre la misma: “No se puede, no se hace, es pecado”. El afecto y la atención solo venían de Tom. A sus dieciocho años, era el único chico que la había besado. Luego ocurrió lo demás. Pero eso estaba bien. Así se demostraban amor las parejas. Thomas se lo explicó: ellos eran una pareja.
La novicia que las recibió las condujo presta a una oficina; se sentaron en dos sillas incómodas ante un escritorio impresionante. El espacio era tan lúgubre y triste como un mausoleo. Solo dos altas ventanas por las que entraba la claridad cenicienta de Galway evitaban que se sintiera como uno.
Cuando una puerta lateral se abrió para dar paso a una monja de aspecto aterrador, Siobhan sintió un escalofrío. La mirada acerada ―color y expresión― de la mujer le infundió pánico y comenzó a llorar. Un buen pellizco de su madre la silenció; el moretón en sus costillas persistiría semanas. La monja saludó y dio nombre y rango, como los soldados:
―Buenos días. Hermana Bernadette Costello, administradora de la Congregación.
―¿Y bien? ―dijo Madre―. ¿Qué vamos a hacer con esta pecadora?
―Aquí va a aprender que las acciones tienen consecuencias. Las comodidades a las que estuvo acostumbrada, y que le hicieron creer que era libre de hacer su voluntad, eran solo privilegios que desaparecen frente al pecado.
La madre de Siobhan sintió la púa en la lengua de la monja. Bernadette aprovechaba la situación para atacar su posición de aristócrata irlandesa, pero no comentó nada. En cambio, dijo:
―Alégrese de la buena situación de algunos; gracias a ella usted no tiene que hacer nada para vivir bien.
El acero en los ojos de Bernadette se ensombreció más, si fue posible. Respondió:
―Tenga claro que corregir su negligencia materna no será barato.
Madre dio un salto en la silla. Siobhan sintió el alivio momentáneo de no ser ella el objeto de la humillación. El siguiente pellizco en sus costillas fue la represalia dirigida a la monja.
―Aquí está el dinero de este mes y una donación ―respondió Madre con ira contenida―. Recibirá cincuenta libras mensuales para que a Siobhan y al bebé no les falte nada hasta la adopción. Llegado ese momento, ella trabajará por su manutención.
Siobhan sintió que el piso desaparecía. La conversación transcurrió como si ella fuera sorda. Madre se levantó y cruzó la misma puerta por la que entraron, sin voltear a mirarla. La severidad de la monja se posó sobre ella y la hizo temblar. Su suerte estaba echada.
Después de pasar la noche entera en trabajo de parto, Siobhan dio a luz el 7 de junio de 1972. Las monjas se turnaban para revisar si estaba lista para el expulsivo. Nadie la consoló; nadie le dijo qué hacer. Echada sobre un edredón en el piso, entre dos camas, se debatía sola. Siguiendo su instinto, se preparó mentalmente para traer al mundo a un bebé del que cuidaría toda su vida. No permitiría que dieran en adopción a la criatura que Thomas y ella crearon. En el convento le explicaron los detalles de aquella tarde como si se tratara de un rito satánico; ella leyó entre líneas un acto de amor. Las monjas no lograron que se arrepintiera o se avergonzara. Tampoco dejaría que mataran de hambre a su bebé, como decían que las religiosas habían hecho con otros. Para eso sus padres pagaban. Y pagaban bastante.
Intentó escribirle a Madre muchas veces para explicarle que las monjas no le daban la comida que su dinero compraba; que la golpeaban y que, aun embarazada, la hacían trabajar hasta el agotamiento. Tenía la certeza de que los golpes recibidos en las nalgas con la paleta de la colada, como castigo por robar fruta, provocaron que el parto se adelantara. Pensaba en esto mientras gritaba por las contracciones que iban y venían con la regularidad de campanadas de alarma. Avisaban la llegada del bebé a su mundo en llamas. Sus cartas comenzaban y terminaban en lágrimas, para acabar quemadas en el fogón de la cocina. En el fondo sabía que a Madre no le importaba lo que le ocurriera.
En lugar de un grito, Siobhan profirió un rugido cuando la cabeza del bebé asomó por fin. La monja que finalmente la asistía dio un respingo al notar que la criatura la miraba con fijeza.
—¡Esto no es normal! ¡Has parido un monstruo! —gritó, soltándole en los brazos a la recién nacida apenas envuelta en una raída manta.
Siobhan la apretó contra su pecho y la limpió con las faldas de la sábana. Tendría que lavarla a mano, como obligaban a hacer a las chicas que manchaban la cama con su menstruación. Era una niña. ¡Su hija! Coloradita y con mucho cabello negro. Los ojos, de un “gris bebé indefinido” y una mirada fija que en verdad espantaba, poco después se volvieron verde agua. La llamó Máirtínín, en gaélico. Martina, por el dios de la guerra. Su hija sería una guerrera.
Siobhan le hizo a su bebé una cunita con una caja de madera ―de esas en las que venía el Oporto que la Madre Superiora, la Hermana Bernadette y la Prefecta bebían con deleite― para tenerla consigo en la lavandería mientras trabajaba y darle el pecho. Tuvo que suplicar por el cajón vacío en cuyo lateral todavía se leía: Propiedad de la Diócesis –Frágil. Su hija era, en efecto, la mercancía más frágil y costosa que aquel edificio gris había albergado. Durante tres meses, Martina miró desde ese lecho el techo post Concilio Vaticano II de la lavandería, absorbiendo el olor a pino mientras su madre le susurraba que ella no pertenecía a aquel lugar; que era una princesa en espera de su trono. No se suponía que Siobhan trabajara, pero la obligaban a hacerlo porque allí no se permitía la vagancia.
Con apenas tres meses, Martina ya parecía una bebé de seis o siete. La buena leche de su madre, en lugar de la aguada que las monjas daban a los recién nacidos en el pabellón de infantes, la hacía fuerte mientras consumía a Siobhan. Ella pensó que no le quitarían a su hija debido al dinero que sus padres entregaban, pero no fue así. Un día despertó y la pequeña no estaba. La caja contenía una piedra envuelta en trapos; otra burla impía de las monjas. Por mucho que lloró, gritó y amenazó, Siobhan nunca volvió a verla. En cambio, por el escándalo recibió una paliza que le secó la leche.
Se suponía que los niños en la institución estaban con sus madres hasta los cinco años ―o al menos eso decía el programa― para luego ser dados en adopción. La realidad era que separaban a niños y madres; mientras ellas trabajaban, la mayoría fallecía en el pabellón infantil antes de cumplir los dos años. Pero Martina poseía una belleza y una inteligencia útiles. Bernadette no la daba en adopción; ella y Siobhan eran la garantía del dinero que recibía cada mes. Por eso mantenía a la madre atormentada hasta el punto del desmayo, pero no de la muerte. Con la niña, cuyos rasgos ya atraían miradas que no eran de compasión, aplicaba mejores prácticas.
Si alguna vez Bernadette llegó a calificar a las mujeres que llegaban a su puerta como seres humanos, debió borrarlo pronto bajo el argumento de ser el brazo ejecutor de la justicia divina. Lo que parecía fanatismo religioso era, en realidad, una bien estructurada hipocresía. Ella misma había entrado quince años atrás como novicia a las Hermanas del Divino Consejo, huyendo de actos mucho más infames que el sexo a destiempo o un embarazo no deseado. Casi nadie lo sabía; quien sí, lo usaba para que Bernadette siguiera proveyendo lo que deseaba.
Mientras Siobhan se encorvaba sobre los pozos de lejía, Martina crecía en el silencio de los pasillos superiores. Bernadette la utilizaba para tareas menores. Nunca supo cómo la criatura aprendió a leer sola con los libros administrativos; mucho menos que su mente registraba los nombres de los niños que veía a Bernadette tachar en uno de ellos. También aprendió a escribir. Fue entonces cuando le asignó la tarea de anotar las entradas por “servicios de representación” abonados por los hombres vestidos de negro que veía subir a las habitaciones del tercer piso con las internas.
Martina no jugaba. Sus dedos pequeños y rápidos aprendieron a contar libras en lugar de acariciar muñecas. A los ocho años sabía que el silencio de la administradora tenía un precio y las visitas de los hombres de negro un objetivo: inspeccionar “la mercancía”. Ella los miraba con sus ojos verde agua y registraba cada gesto, cada tic, cada anillo, cada debilidad; más de una vez alguno le reprochó esa mirada tan fija. Si Bernadette Costello era el brazo ejecutor de la justicia divina, Martina se estaba convirtiendo en la contadora de sus pecados.
A veces le tocaba separar billetes arrugados con olor a sudor y tabaco mientras asociaba los fajos con las caras de los hombres que salían por la puerta lateral. Otras veces pasaba horas frente a la chimenea quemando papeles, asegurándose de que ninguna palabra sobreviviera. El cerebro de la niña era más rápido que las llamas: antes de soltar cada hoja, los ojos verde agua escaneaban cifras, transferencias, nombres de bancos y diócesis extranjeras. Bernadette creía que la pequeña solo vigilaba el fuego; no sospechaba que estaba reconstruyendo el mapa del chantaje que la mantenía en su puesto. Martina entendió pronto que, en ese lugar, la verdad se quemaba para que alguien no se enterase de lo que otro hacía. Comenzó a preguntarse quién, cómo, dónde y por qué; su mente registró los datos hasta formar un árbol con muchas ramas. Pronto, a pesar de su corta edad, su encuentro forzado con la realidad la hizo alcanzar una madurez técnica mucho antes de lo previsto.
La oficina anexa a la de Bernadette, con su olor a papel viejo y humedad, era el único lugar en el Divino Consejo donde Martina no se congelaba hasta los huesos. Sentada en la silla que le quedaba inmensa, los pies de la niña no tocaban el suelo. Su tarea del día era ordenar legajos de recibos por orden alfabético. Entre las hojas amarillentas, la grafía perfecta de Bernadette se repetía. Martina desarrolló allí su capacidad para los números y las letras. No leía las historias que contaban los documentos; descifraba patrones y anomalías. Encontró un libro de contabilidad de tapa de cuero rojo, más grueso que los demás. Era pesado y le costó sacarlo del estante. Aquel volumen llevaba una etiqueta: “Libro Mayor: Ingresos y Egresos Personales. Cuentas Especiales”.
Martina lo abrió. Páginas de caligrafía impecable desglosaban entradas y salidas en libras esterlinas. Nombres de novicias, de monjas, de “contribuyentes anónimos”. Sus ojos se detuvieron en una entrada repetida mes tras mes desde hacía ocho años:
SIOBHAN BURKE. Cuota de Mantenimiento Mensual. Pago de Ración Especial (Diaria). Alojamiento Privado (Lavandería). Alimentos y Vestuario Infantil (Activo 607).
Martina no entendía el concepto de “mantenimiento” en ese contexto, pero Siobhan Burke era el nombre de su madre. Aunque fuera una abstracción sin rostro, recordaba el nombre. Los números de la columna “Debe” eran cifras altas, un peso acumulado que crecía en cada página. En la columna “Haber” figuraba el origen de la obligación: Familia Burke, Condado de Meath. Martina recorrió con el dedo las palabras que Bernadette escribió junto al código: Activo 607.
No sabía qué significaban “conducta disruptiva” o “historial inestable”, pero entendía la palabra “infantil”, sabía leer números y conocía el inventario de su vida. Al lado de una cifra alta leyó: “Fruta fresca y refuerzo proteico”. Recordó el sabor del pan duro de esa mañana y la ausencia de manzanas. Al lado de otra cifra leyó: “Libros de texto y caligrafía”. Miró sus manos: solo tocaban facturas y el libro de cuentos que halló escondido entre los recibos. Lo había robado para leerlo de noche a los más pequeños; ya no lo sacaba del colchón porque lo conocía de memoria. Para ella la ficción era la única salida al error de cálculo del mundo real: si en las cuentas las madres desaparecían, ella les construía a los niños una historia donde el final siempre era distinto. Esas noches sus dedos no contaban libras; acariciaban frentes y memorizaba nombres para evitar que el libro del segundo piso los reclamara.
Martina no comprendió la estafa legal, pero sí la mentira material. Entendió que Bernadette exigía dinero por cosas que ella no recibía y que, si era así, probablemente su madre tampoco. Si llegaba dinero para manzanas que no estaban y libros que no le daban, el rastro se perdía en el hábito de la monja. Miró de nuevo el nombre de sus abuelos. Ellos enviaban dinero para una niña que comía fruta y estudiaba. Bernadette recibía dinero por una niña que comía gachas y ordenaba archivos. Martina cerró los ojos despacio. No necesitaba el vocabulario de la administradora para saber que Bernadette era una ladrona y que ella era la pieza con la que justificaba el robo.
Un frío diferente al de las paredes de piedra la recorrió. Era el frío de la claridad. Su existencia era un cargo; su madre, una serie de entradas en un libro contable. La mirada de Martina se endureció. Cerró el volumen con un golpe seco. La Hermana Bernadette entró al instante. El aroma a lavanda de su hábito llenó el aire.
―¿Todo en orden, Martina? ―preguntó Bernadette con voz cortante y ojos inquisitivos.
―Sí, Hermana ―respondió tragándose las lágrimas sin alzar la mirada. Acababa de descubrir el verdadero precio de su vida.
Tras ese revelador momento en la oficina, la curiosidad de Martina dejó de ser práctica para hacerse obsesiva. Si ella era un activo y su madre un cargo, su mente necesitaba localizar ese registro en el mundo real con la urgencia de quien debe resolver una disonancia insoportable. No le bastaba ya con los números; exigía una comprobación física del inventario para calmar el dolor en su pecho. Empezó a observar el funcionamiento del Divino Consejo con atención quirúrgica, buscando el rostro que correspondiera a “Siobhan Burke” entre la abundancia de mujeres anónimas que circulaban en la penumbra del edificio.
No podía acercarse a ellas. Tenía prohibido hablar con alguien más que con la Madre Superiora, la Hermana Bernadette, la Prefecta y las dos novicias encargadas de su aislamiento. Martina no comía en el refectorio, no recorría las instalaciones libremente ni salía al jardín. La única variable en su rutina era visual. Desde la ventana de la oficina, dejaba que sus ojos escaparan hacia el patio de tendido cuando necesitaba descansar de los números. Allí, entre el vapor que subía de las calderas y el viento costeño, estaba siempre “la mujer del cabello de trigo”.
Martina la observaba con curiosidad. Había memorizado que la mujer tardaba exactamente tres minutos en vaciar un cesto de mimbre y que su brazo derecho siempre se tensaba de la misma forma antes de sacudir una sábana. Para la niña, ella era el único engranaje que funcionaba con precisión en su mundo. La observaba bajo la lluvia, encorvada y empapada, retirar a la carrera la ropa del tendido y su resignación al volver a tenderla un poco más tarde. La miraba bajo el sol pálido, cuando el reflejo de la luz en su pelo era tan intenso que Martina tenía que parpadear. La veía los domingos, después de la misa, cuando ninguna de las dos descansaba.
A veces la mujer se detenía un segundo y miraba hacia la ventana de la administración. Martina se escondía tras la cortina para no atraer atención prohibida. Para ella, esa figura era una parte imprescindible del paisaje, el punto de fuga donde descansaba la vista cuando los números de Bernadette ya se le confundían; era su única conexión con un mundo que se movía y que, a diferencia de los papeles, estaba vivo. Encontrarla allí al asomarse a la ventana le brindaba una sensación de consuelo.
Un martes, poco después de que Martina empezara su búsqueda silenciosa, la mujer del patio desapareció. Desde su observatorio en el segundo piso sintió que el mundo perdía el equilibrio: la mujer que movía las sábanas con gracia ya no estaba. En su lugar, una chica de cabellos rojos luchaba torpemente contra el viento. La nueva presencia era una mancha discordante en el horizonte de Martina; le molestaba la inconsistencia de sus movimientos. Pensó que sería algo temporal, pero días después la pelirroja seguía allí.
Esa tarde, cuando la novicia de turno le servía la comida en la oficina, Martina preguntó señalando la ventana:
―Hermana ―dijo con voz plana―, ¿dónde está la mujer de cabello de trigo que tendía las sábanas?
La novicia se detuvo con el cucharón suspendido. Por un segundo, la piedad pudo más que la disciplina:
―Falleció hace unos días, Martina ―susurró bajando la vista―. Ya no la verás más en el patio.
El tono de la novicia y su lenguaje corporal pusieron a Martina en alerta. La muerte no la sorprendía; en ese lugar se convivía con ella. Pero había algo distinto en este deceso. Terminó sus gachas desabridas, entró en la oficina principal de Bernadette, abrió el cárdex de las defunciones y buscó las más recientes. Extrajo una sola tarjeta rosa con el olor a tinta fresca que tanto le gustaba y leyó:
Nombre: Siobhan Burke.
Estatus: Baja definitiva.
Causa: Neumonía. Insuficiencia respiratoria.
Deja en archivo: Activo 607
La madre que Martina buscaba en los pasillos era la mujer que había tenido enfrente cada tarde. Bernadette las mantuvo a veinte metros de distancia, separadas por el cristal de la oficina; le permitió observar cada movimiento de Siobhan sin decirle nunca que era ella.
Martina no hizo una escena. Aunque a escondidas se arrancara mechones de cabello, frente a los demás mantuvo su frialdad controlada. Hizo una promesa muda: a partir de ese instante, la niña obediente que ordenaba archivos sería una reparadora. El Activo 607 acababa de asentar el pasivo de una deuda.





Hola Mariana, como todo lo que he leído de ti, este adelanto que nos brindas uno mantiene el interés y el ansia de seguir leyendo, a mí en particular siempre me sorprende los giros que le das a las situaciones, toca ahora esperar a que la termines, pero también toca agradecer el poder disfrutar de tu talento